¿Qué debemos hacer en las instituciones para combatir el Bullying?
- Silvana Giachero

- 23 jun 2024
- 4 Min. de lectura

La primera barrera de contención para frenar su crecimiento pasa inevitablemente por tener un diagnóstico temprano; luego, sancionar y prevenir.
Hay muchas cosas que los adultos debemos conocer para poder actuar de inmediato. Algunas de ellas son:
Reconocer la existencia del Bullying y su dinámica perversa.
Aceptar que hay chicos hostigadores y que siempre habrá víctimas de Bullying si hay cómplices.
Reconocer definitivamente que la víctima no es culpable del mismo.
No banalizar, trivializar o naturalizar estos procesos.
No esperar que el tiempo solucione el problema.
No verlo como simples conflictos que se solucionan con mediación.
Capacitarse y/o exigir capacitación en los centros de estudio.
Reclamar que se mida y que se establezcan protocolos para casos de Bullying.
Un trabajo de prevención continua , sostenida en el tiempo que involucre a la familia y sociedad.
Nos horrorizamos cuando leemos o escuchamos noticias sobre la violencia en otras partes del mundo, pero nos hacemos los tontos, mirando para otro lado o, peor aún, participando cuando alguien está siendo lastimado. ¡Qué disociados estamos! El miedo y el morbo van ganando terreno.
La Prevención es la base para conseguir la disminución y eliminación del Bullying; en todos los casos, la intervención temprana nos evitará futuras lágrimas.
La dinámica del chivo expiatorio está sostenida por tres actores: el victimario, la víctima y los cómplices, tanto pasivos como activos. Si conseguimos trabajar fuertemente en los cómplices, sin duda vamos a lograr disminuir el acoso, pudiendo llegar a cero.
En este sentido, lo primero que debemos hacer es detectar a esos chicos que son más vulnerables por su baja autoestima y su deseo de protagonismo, y son los primeros que se unen al hostigador. Hay que fortalecerlos, haciendo un trabajo en conjunto con los psicólogos de la institución y la familia, enseñándoles los daños que puede producir el hecho de sumarse al acoso; debe quedarles claro que no tienen ninguna necesidad de hacerlo y que dañar a un tercero no es la forma de mejorar su autoestima.
Luego hay que trabajar en talleres donde se desnaturalicen las conductas violentas del Bullying, desde los más pequeños hasta los más grandes. Que se adueñen y familiaricen con lo que es el Bullying, lo que no deben hacer y lo que sí deben hacer si creen que detectaron un caso.
Por eso es que también la institución debe contar con un protocolo anti Bullying, para que cualquiera pueda denunciarlo y activar su puesta en marcha. Este protocolo debe ser conocido por todos los adultos de la institución, los padres y los alumnos.
Y para que el trabajo en prevención sea completo, hay que medir antes de empezar y luego todos los años; la medición nos permite saber si vamos por el camino correcto o si hay que generar variantes. Hay varios modelos de medición.
La medición se debe hacer antes de aplicar los programas de prevención y al año de aplicados, luego se continuaría midiendo una vez al año. Generalmente se aplica en las edades de mayor riesgo tomando una muestra lo más amplia posible en relación a la población del centro de estudios. La misma se aplica en forma anónima y por un agente externo en lo posible para generar mayor confianza y tranquilidad.

Por último, y lo más importante de todo este proceso, ni bien se detecta que hay Bullying, debe protegerse a la víctima y sancionar al hostigador. Las sanciones van a depender de la gravedad del caso: pueden ir desde una suspensión con trabajo comunitario para la escuela o el centro de estudio, disculparse públicamente por lo que hizo, hacerlo asistir a talleres de Bullying en forma continua hasta llegar a la expulsión del centro de estudios, etc.
Se le puede aconsejar a la familia derivarlo a tratamiento psicológico para prevenir futuras agresiones o que desarrolle una psicopatía sub clínica. En este punto hay autores como Piñuel o Robert Hare que avalan que si ya existe una personalidad de funcionamiento psicopático, las terapias son contraproducentes porque se especializan aún más.
Es importante destacar que hemos involucionado mucho en los últimos años, creyendo que a los niños hay que darles libertad de acción, sin educar en cómo hacer usufructo de la misma, llegando a los extremos de no respetar los derechos de los otros.
Cuando un niño, un joven o un adulto viola los derechos de otro está cometiendo un delito y, por consiguiente, debe ser sancionado, no solo para que aprenda él, sino para que también aprendan los demás que eso no se hace, tal como me lo repiten los pacientes en la consulta.
Sin embargo, muchas veces la sanción es vista como represión, no desde la perspectiva de frenar algo que está mal, sino como la represión política; hay que diferenciar ambas. Esto es algo que sucede con mayor frecuencia en países que han estado durante años en dictadura y, una vez que logran salir de la opresión política, al igual que un péndulo, se pasan para el otro lado.
Una conducta que transgrede las reglas sociales y que, por lo tanto, es ilegal, debe ser sancionada; de lo contrario, ¿Qué ejemplo le daremos al resto? Además, ¿Cómo se corrige al hostigador, si es que aún hay posibilidades de hacerlo?
Pues hay que enseñarles que eso que hacen no está bien, y ellos saben que es así porque hay un reglamento y hay talleres en los que se habla del tema. Por todo esto, no hay excusas para no sancionar una conducta que transgrede y daña a otros.



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